(Sigue BAJANDO Para La PARTE 2)

Después de que el técnico brócoli se marchara, dejando instalado el reluciente y espacioso equipo de refrigeración, el ambiente en el restaurante adquirió un matiz más sombrío. El encargado con cabeza de coco había disimulado bien sus intenciones, excusándose con la idea de ampliar el menú para justificar la necesidad de tanto espacio. Sin embargo, la verdad que ocultaba era mucho más turbia de lo que cualquier inspector sanitario podría imaginar.
Un Inventario Inusual
Cuando finalmente se quedó solo, el encargado no perdió tiempo. Se dirigió al viejo congelador oxidado, aquel que se había negado a desechar, y abrió su pesada puerta con cuidado. En el interior, en un estado de letargo helado, descansaban sus “ingredientes secretos”: las dos jóvenes frutales, una verde y una roja, que horas antes habían caído en la trampa del falso centro de investigación botánica.
“Ahora sí, queridas, hay que moverlas de congelador”, murmuró para sí mismo con una sonrisa siniestra mientras las cargaba una a una, tratándolas con la misma delicadeza con la que un coleccionista maneja sus piezas más valiosas. Las depositó en la nueva y amplia cámara, asegurándose de no dañar su peculiar inventario.
El Misterioso Menú de Coco
El nuevo y espacioso congelador ofrecía las condiciones perfectas para mantener en estasis a sus prisioneras. Mientras la joven verde recordaba con amargura su infructuosa visita a la estética, y la roja lamentaba haberla acompañado, el encargado del restaurante cerró las puertas de la cámara frigorífica con un suspiro de satisfacción. Su inventario botánico estaba asegurado, y el “nuevo menú” prometía ser la sensación del lugar. La pregunta ahora era: ¿cuánto tiempo podrían sobrevivir en ese frío letargo antes de convertirse en el plato principal?